No hay estadísticas precisas sobre el número de jóvenes que abandonan Bulgaria ni de los que regresan pero se sabe que cada año aproximadamente uno de cada diez graduados de la escuela secundaria (entre 5000 y 6000) legalizan sus diplomas en el Ministerio de Educación probablemente para estudiar en universidades en el extranjero. La emigración masiva de personas de edades comprendidas entre los 25 y los 50 años causa un impacto dramático en la economía de Bulgaria y de su sistema político. Petya Ilíeva, de 25 años de edad, tiene título de grado en Psicología por la Universidad San Clemente de Ojrid, de Sofía, donde hace también un máster en Psicología Organizacional y del Trabajo. ¿Es posible motivar a los jóvenes a quedarse en Bulgaria?, ¿es fácil tomar esa decisión?
Nunca he dudado de mi elección porque siempre he querido vivir en Bulgaria – dice Petya –. Hace unos años me ví obligada por las circunstancias a vivir en Grecia y Alemania pero no me acabó de gustar; siempre quise evolucionar aquí. Actualmente mi trabajo consiste en selección de personal, es decir, orientar a nuestro personal hacia distintos puestos de trabajo. Es un trabajo con bastante responsabilidad ya que hay que contentar a la vez a los candidatos y a los clientes, empresas del país y del extranjero.
En su tiempo libre Petya se dedica a diversas actividades de voluntariado. Forma parte de una formación de carácter voluntario adscrito a la Dirección de Seguridad contra Incendios y Protección Civil del Ayuntamiento de Sofía. En 2014 no dudó ni por un instante en participar en la misión voluntaria durante las inundaciones en el barrio de Asparújovo de Varna, y también en las que asolaron a la ciudad de Mizia, en el Noreste de Bulgaria. Recuerda el asombro en la mirada de los lugareños, que tomaban su café en la tasca, observando a la decena de jóvenes con barro en las botas y cubiertos de pies a cabeza de hollín bajo el sol abrasador. Les preguntaban cómo es que habían viajado tan lejos, desde Sofía a Varna.
Petya es sensible también a los problemas de las comunidades búlgaras en el extranjero. Considera que el Estado búlgaro no se interesa lo suficiente por ellos; no se invierten los recursos necesarios en la construcción de escuelas búlgaras, en financiar y secundar sus actividades, ni en centros informativos y culturales. Otro tema de interés para Petya es la Historia búlgara, llena de tantos momentos heroicos y a la vez trágicos, como la caída de Bulgaria bajo el Imperio Bizantino y más tarde, el Otomano. Según la joven, lo que ha vivido el pueblo búlgaro bajo el yugo extranjero es motivo de sentirse orgulloso por haber logrado conservarse como elemento étnico y seguir existiendo como un solo pueblo, como una nación. Petya da expresión a su patriotismo de una manera tal vez algo extraña para algunos...
Empecé a tatuarme a los 19 años. Mi primer tatuaje fue la roseta de Pliska, antiguo signo protobúlgaro de la dinastía Dulo, fundadora del Estado búlgaro. A aquélla siguieron un bordado búlgaro, en mi muñeca izquierda, una inscripción en alfabeto glagolítico, de la que estoy muy orgullosa: "El tiempo pasa, Bulgaria permanece", los dos leones del antiguo escudo de nuestro país... Un total de siete tatuajes, todos relacionados con mi patria donde crecí y me formé como persona. Sueño con la prosperidad de nuestro pueblo. Sueño con que los jóvenes estén motivados de quedarse aquí y que no se avergüencen de sí mismos cuando vayan al extranjero. Sueño con que nos sintamos orgullosos de ser búlgaros, de ser, descendientes de la, tal vez, más antigua nación de Europa –en todo caso, a ciencia cierta, el Estado más antiguo, que no ha cambiado su nombre desde su fundación en el año 681. Desde hace 1300 años este territorio es Bulgaria y esto no ha cambiado. Y mi lema es: "Hacia adelante y hacia arriba", concluye nuestra fascinante interlocutora.
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