El otoño suele ser la mejor temporada para conservar hortalizas para el invierno. Es entonces cuando abundan y sus precios son más asequibles. En Bulgaria, la tradición de preparar encurtidos cobra especial actualidad ahora, cuando todos hablan de la incertidumbre y lanzan advertencias del duro invierno que se espera. A los búlgaros no les gustan nada las sorpresas y siempre buscan ahorrar algo para los días difíciles. Desde finales de septiembre, los precios de los diferentes tipos de pimientos han ido subiendo, y los tomates para las conservas, que el año pasado no superaban un euro, ahora cuestan dos veces más. Las conservas de las tiendas, que se acercan con éxito a la producción casera, también vuelven a ser cada día más inasequibles para las familias medias, que a duras penas pagan los gastos del hogar.
Según la Comisión Estatal de Bolsas y Mercados de Materias Primas (DKSBT), el índice de precios de las mercados al por mayor ha subido un 31% sobre una base anual, pero esto no impide que los búlgaros a preparar provisiones para el invierno, aunque en menores cantidades. Si hace años los encurtidos se preparaban según recetas familiares para diversificar la comida de invierno, ahora son un medio de supervivencia en el caos económico y político de Bulgaria.

Los vecinos de Sofía, que en los últimos años han disfrutado de la abundancia ofrecida en los llamados mercados de granjeros, por productores emprendedores, ahora también se animan a preparar conservas para el invierno.
Entre las especialidades otoñales más populares están los pimientos rojos asados, las guindillas y, por supuesto, el encurtido del rey (tsarska turshía). Este último, con sus crujientes zanahorias, pimientos gordos, apio y coliflor, combina toda una serie de probióticos, prebióticos y vitaminas, una defensa segura contra las cepas de los virus que últimamente están “de moda”. En lo que se refiere a la energía eléctrica, la preparación de los encurtidos cuesta menos. Las delicias de hortalizas como la lútenitsa búlgara, que requieren más esfuerzo, vuelven a ser cada vez menos rentables para la producción doméstica, a menos que se cocinen en una vieja estufa de leña en algún pueblo.
Por otro lado, debido a la abundancia de frutas y verduras durante todo el año, en la mesa búlgara están presentes cada vez más ensaladas frescas y por esta razón los anfitriones preparan las provisiones de invierno en menor cantidad. Este año, sin embargo, alrededor del 80-90% de los productores de hortalizas de invernadero del país no han plantado sus productos de invierno. Como motivo para esto señalan el precio del gas, los pellets y la electricidad, que han subido entre tres y cuatro veces y nadie sabe si seguirán subiendo. Para evitar posibles quiebras y pérdidas de producción, esta vez los granjeros han optado por evitar el riesgo.
El búlgaro, que poco a poco va olvidando el sabor de las hortalizas nacionales, se verá obligado, si se lo permiten los ingresos, a comprar tomates de Turquía y Grecia, y de Serbia y Macedonia del Norte, el análogo de la lútenitsa que se preparaba en casa.

Versión al español de Hristina Táseva
Fotos: BGNES, archivo BNR
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